06 abril 2007

azar y necesidad

Todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y de la necesidad. Con esta frase de Demócrito, colocada como lema al principio de su obra –publicada en 1971– Monod, premio Nobel por sus estudios de genética molecular, asumía el reto de explicar las claves de la vida desde los presupuestos del más puro cientifismo mecanicista.

Ni la explicación dada por Darwin a la teoría de la evolución, ni el neodarwinismo, ni los aportes dados por la genética molecular, han conseguido erradicar la primera explicación dada por Lamarck, según la cual los seres vivos se adaptan al medio en el que viven.

Al asomarme a la ventana del televisor veo el final de un capítulo de la serie Andando entre dinosaurios. El narrador nos va informando cómo las gimnospermas de aquella época desarrollaron un anticongelante natural que circulaba por sus vasos lo que les permitió resistir aquellas bajas temperaturas. No terminaba aquí la lección de lamarckismo. Los dinosaurios se las ingeniaron para adaptar su aparato digestivo para poder alimentarse de bocado tan indigesto. Y esta adaptación, este cambio evolutivo, que no se hace de la noche a la mañana, sino que tarda cientos de miles de años, la hicieron aquellos seres tan primitivos sin saber nada del cambio climático que se avecinaba.

Pero las cosas no son así y parece mentira que la BBC no se haya enterado de lo que dijo su hijo ilustre Charles Darwin y sigan las enseñanzas de un francés. Las gimnospermas, los dinosaurios y nosotros mismos sufrimos cambios al azar y es la selección natural la que elige aquellos cambios que supongan mejoras para superar la necesidad de supervivencia.