13 octubre 2008

ibrahim

La semana pasada conocí a Ibrahim. Primero llamó por teléfono. Enseguida supe que se trataba de un amigo marroquí, cuando al minuto de no coger el teléfono volvió a sonar y así hasta unas diez veces seguidas a intervalos de un minuto. Este es el sello marroquí. No suelo coger el teléfono, porque interrumpe mi trabajo y el que llama siempre puede dejar un recado que atenderé gustosamente cuando pueda. Al final sucumbí y antes de que pudiera decirle que por favor no me llamara por teléfono de esa manera, que dejara un mensaje, ya había concertado una entrevista cuya finalidad no pude entender muy bien cuál era.

A la mañana siguiente me esperaban Ibrahim, Abdelkader y uno nuevo llamado Mohamed, primo del anterior, sentados en un velador de la terraza del pueblo. El día era soleado, aunque todavía fresco a esas horas. Me senté con ellos. Ibrahim es distinto a los otros. No tiene el aire rudo de hombre de campo sino de universitario, acentuado este aspecto por sus gafas de diseño europeo. Naturalmente pretendía que añadiera a mi lista de contratados a uno más para que pueda obtener el permiso de residencia. Mi lista supera ya a la de Schlinder. Le puse algunas objeciones de tipo legal, pero el me contestó que yo era un hombre bueno y que Alah estaba conmigo y me protegería. Con esta seguridad lo contraté. Celebramos la firma del contrato con zumo de naranja, mosto y café.

Ibrahim vino la primera vez en patera y fue devuelto a Marruecos. En un segundo intento consiguió quedarse y trabajó en la construcción de un campo de golf por Málaga. Su sueño es volver a Marruecos y hacer algo por su país. Quiere hacerse con un pequeño capital para terminar de pagar unas tierras que ha comprado allí.

–Pero tienes trabajo en Marruecos.

–Si, en una asociación cultural. Soy su presidente.

–¿A qué se dedica esa asociación?

–A enseñar a leer y a escribir a jóvenes bereberes que vienen a la ciudad. En las montañas de donde son no hay escuelas y ni se habla árabe.

–Y cuanto ganaría al mes.

–¡Oh nada! Cero céntimos.

–Y de qué vas a vivir

–Del cultivo de la tierra que he comprado.

Os imagináis la vida placentera de este hombre que dedica todo el día ha hacer el bien a los demás ha cambio de nada y sólo, lo repitió varias veces en la conversación, porque haciendo el bien a los demás se lo hace así mismo.

En junio, cuando hayan conseguido los ansiados papeles van ha ir a Marruecos a ver a sus familias y quieren que les acompañe. Creo que debería hacerlo.

4 comentarios:

náufrago digital dijo...

Yo me apuntaría gustoso a la excursión marroquí. No sé quien lo dijo, pero en muchos países árabes se vive bastante mejor que en Europa/Usa. Una vez suparada la fase de los juguetitos (casas, coches, ropa, etc.) el ser humano anhela otras conquistas y en nuestras sociedad actual quedan lejos. La contemplación y hacer el bien -enseñar a leer- se me antojan inmejorables objetivos vitales. De mayor seré como Ibrahím, el admirable Ibrahim. Ese es el sentido de la vida, oh, amigos, trascendencia y ayuda a los demás. Religión, en suma. "Todo es religión", dijo Tolstói en sus años mozos. Y no sé si tiene un punto de locura o de lucidez sublime. O que los locos dicen la verdad.

Pero para ganarte la contemplación -y que esta no sea perjudicial- sigo manteniendo que antes hay que haberse aturullado un poco. Enredar la madeja para después desenmadejarla. Un poco así.

Lograr la paz mental es la lucha de todo hombre, dijo no sé quién.

En fin, interesante post.

Molusco dijo...

Bonita historia. Espero que efectivamente Alah te proteja.

Jordi Santamaria dijo...

Gran apunte el "todo es religión". Re-ligación la llamaba aquel. Y qué fácil se vivía creyendo en un Dios y cuadrando todo con sus límites y paredes. Hasta la derecha política lo incluye católicamente para que todo cuadre más. El círculo cuadrado.
Papanatas por otra parte, e higiene de cabeza por otra, fe del carbonero... éxtasis del trabajo.
Lo siento Ivlius, estoy críptico.
Loable tu post, sólo es generoso el que puede, y hostil el que no. Quien va sobrado no le importa perder. Agur

iulius dijo...

Ibrahim cree que en Marruecos se vive mal, muy mal, pero sabe que para salir de la pobreza lo que hace falta es instruir al pueblo. Le mueve quizá más la política que la religión. Al fin y al cabo todo es política.

En su charla se quejó mucho de los ricos de su tierra. No son como los de aquí, me dijo, lo quieren todo para ellos y no dejan nada para los demás.